News – Noticias «Iggy Pop, terremoto en la Costa Brava». Iggy Pop, 75 años y energía suficiente como para abastecer un par de centrales nucleares y alimentar turbinas y dinamos ahora que el precio de la luz anda por las nubes. Iggy Pop, superviviente de casi todo, especialmente de sí mismo, haciendo saltar sismógrafos y desafiando las más elementales reglas de la evolución humana. Porque a estas alturas, a años luz de los días de mugre y furia de los Stooges y con la mayoría de sus socios y colegas de aquellos tiempos de excursión por el más allá, el de Detroit debería ser ya un venerable anciano y no un pirómano que va de pueblo en pueblo con un bidón de gasolina y una caja de cerillas. Pero ser una reliquia, claro, no es tan divertido. «¡’Funhouse’, motherfuckers!«, brama de pronto Iggy. Más fuego. Más gasolina. Punk braseado y rock al punto. Vuelta y vuelta. Fuerza bruta aunque, lástima, ‘Raw Power’ se quede en el camerino. Las crónicas llegadas desde San Sebastián y Madrid en los últimos días hablaban de unas actuaciones demoledoras y casi legendarias. Lo nunca visto en el Kursaal. Una sacudida de impresión en el Teatro Real. En el Festival de Porta Ferrada de Sant Feliu de Guíxols, única para de James Newell Osterberg, Jr. en Cataluña, La Iguana no defraudó y, con un bidón de gasolina en cada mano, se retorció de placer mientras le prendía fuego a su arrolladora y desmedida leyenda. Iggy Pop, incombustible a los 75 años xavier casals Ni siquiera hizo falta esperar a la energía a chorro de ‘TV Eye’, manotazo de hormigón armado forjado en los días de gloria de la Motor City: a los treinta segundos de la inaugural ‘Five Foot One’, el público ya había perdido la cabeza y la compostura y no quedaba nadie sentado en el Guíxols Arena. Iggy, arrugado como un viejo mapa de carreteras pero con una voz en sorprendente buena forma, tampoco se anduvo por las ramas y a los pocos minutos lanzó volando la americana y, a pecho descubierto, se lió a puñetazos con ‘The Endless Sea’ y ‘Loves Missing’. Acompañado por una robusta banda de siete músicos, vientos y teclados incluidos, Iggy Pop alternó material en solitario con los textos sagrados de los Stooges, Piedra Rosetta del punk, y recordó aquellos años, mediados los sesenta, en los que era «joven, pobre y sucio». «¡Aún sigo siendo sucio!«, vociferó justo antes de agarrar «I’m Sick Of You», su canción favorita de los Stooges, y desatar un furioso aquelarre eléctrico. Fue, sin duda, uno de los picos de intensidad de una noche marcada por la chispa de ‘Lust For Life’ y ‘The Passenger’, las brasas de la reciente ‘James Bond’ y las llamaradas abrasadoras de ‘Gimme Danger’, ‘Death Trip’ y ‘I Wanna Be Your Dog’. MÁS INFORMACIÓN noticia No Iggy Pop, el último mesías del rock’n’roll cumple 75 años Con ‘Mass Production’ y ‘Sister Midnight’, funk robótico con vistas al Berlín de la Guerra Fría, el cantante evocó su alianza con David Bowie y cedió parte del protagonismo a los músicos, pero fue ese volcánico final con de ‘Funhouse’ y ‘Search & Destroy’, todo guitarras atropelladas, distorsión a chorro y brazos sacudiéndose como molinos de viento espasmódicos, lo que, seguro, se quedó grabado a fuego en la memoria de los fieles del de Detroit. Aplastante y fabuloso. Un auténtico terremoto en la Costa Brava.. «Los viajes de un libro antes de pasar por la guillotina: ¿Se publica más de la cuenta?». Fue uno de los muchos propósitos que se hicieron durante la pandemia. ¿Por qué no aprovechar ese parón obligado para desinflar el aluvión de novedades editoriales? En el año anterior, 2019, el número de títulos editados en papel había superado los sesenta mil, casi cuatro mil más que en 2018. Así que Errata Naturae , una editorial pequeña especializada en libros sobre naturaleza, planteó darle una vuelta al modelo editorial en un momento en que todos estaban esperando a que el confinamiento decretado en marzo se relajara para volver a publicar novedades «con cierta ansia» . «¿No podríamos nosotros atrevernos a pensar en promover disposiciones legales para garantizar flujos de rotación para nuestras publicaciones? ¿O establecer acuerdos comerciales entre partes que protejan a medio y largo plazo la vida de los libros y de las personas que vivimos de ellos? […] Todos sabemos que lo que se publique en los próximos meses apenas dará para rentabilizar los costes de producción. […] ¿De verdad tampoco ahora es el momento de pararse y reflexionar? ¿De verdad la prioridad sigue siendo sacar novedades a finales de este mes de mayo?». Código Desktop Imagen para móvil, amp y app Código móvil Código AMP 940 Código APP La respuesta, en forma de cifras, la dio hace unos días la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE): si en 2020 el número de títulos publicados en papel se redujo a algo más de cincuenta mil -no en vano las librerías estuvieron cerradas cuatro meses-, el año pasado el sector aceleró y regresó a guarismos registrados antes de la pandemia. Arrastrado por los mayores índices de lectura de los meses del Covid, la facturación del sector editorial también creció, hasta el punto de registrar la mejor cifra de la última década. Noticia Relacionada estandar No El sector editorial resiste al Covid y registra el mayor crecimiento del siglo Jaime G. Mora La facturación de los libros alcanza en 2021 los 2.576 millones de euros, el mejor dato en diez años, pero aún lejos de los más de 3.000 millones de 2008 Lo que Errata Naturae proponía era cambiar las dinámicas de un modelo de negocio por el que «más o menos uno de cada tres libros que llega a las librerías acaba siendo devuelto y, en última instancia, guillotinado». Datos de la FGEE y Cegal, que reúne a 1.100 librerías en toda España, reducen este porcentaje de devolución el entorno del 24-25 por ciento, o incluso al 18 por ciento, si son librerías especializadas. «Hace años sí estuvo en el 30 por ciento, pero ha ido bajando paulatinamente», aclara Antonio María Ávila , director ejecutivo de la FGEE. Algunas voces del sector, no obstante, siguen considerando excesivas estas tasas. 55.197 títulos editados en papel En 2021, se publicaron casi cinco mil títulos más que en 2020, el año de la pandemia El último foro en el que se ha vuelto a cuestionar el sistema ha sido el XXV Congreso de las Librerías. Juan Miguel Salvador , de la librería Diógenes (Alcalá de Henares), criticó en una ponencia el exceso de novedades literarias que llegan a los puntos de venta. Según su estudio, los libreros se enfrentan cada año a casi 15.000 novedades editoriales, cuando el 86 por ciento de los títulos que se ponen a la venta venden menos de 50 ejemplares al año. Los libreros tardan en vender cada título una media de 6 meses y 17 días, pero el elevado número de novedades impide que aguanten todo ese tiempo en las librerías. «Lo que mostré es que se publica una cantidad de títulos muy alta, de los cuales se venden muy pocos -explica Salvador por teléfono-. Y esto provoca que la vida de los libros en las librerías sea muy corta. Una novedad expulsa a una novedad anterior. Hay una sobreproducción y buena parte hay que atribuírsela a un exceso de novedades que el mercado no puede absorber. Lo que puede ser una riqueza, tener tanta variedad de títulos, se convierte en un problema porque no da tiempo a que los libros que merecen la pena tengan su recorrido natural. Las librerías nos dedicamos a abrir cajas de libros, colocarlos y devolver otros libros a esas cajas». Devoluciones Desde Cegal, la confederación de los libreros, su portavoz Álvaro Manso añade que el año de la pandemia fue bueno en cuanto a facturación pese a la caída de la oferta: «Quizá esto demuestra que el mercado no funciona por la cantidad de libros que hay en el mercado… Hemos perdido una oportunidad». A su juicio, no se ha demostrado que la sobreabundancia genere necesariamente más venta: «Lo que sí genera es mayor circulación. Tenemos la sensación de que se pierden títulos de los que nadie se hace eco. Cuando un libro desaparece de los escaparates o de las mesas de novedades, deja de tener exposición». Enrique Redel , editor de Impedimenta, apunta que la vida media de un libro es de tres meses: «Desde que llega a la librería, tarda ese tiempo en cumplir su ciclo inicial, a no ser que se quede como fondo. A veces, ni siquiera se llega a esos tres meses. La rotación de los libros es cada vez más corta y se retiran antes de la circulación». Impedimenta saca dos títulos al mes, lo que les permite ser más selectivos: «El 70 por ciento de lo que vendemos es fondo, es decir, títulos que tienen más de seis meses o un año. La culpa de que haya demasiados libros no la tenemos las editoriales pequeñas, que sacamos 25 títulos al año; quienes juegan fuerte son las editoriales grandes». La vida media de un libro es de tres meses La rotación en los puntos de venta es cada vez más corta por la avalancha de novedades. Las librerías y las editoriales, en cambio, aguantan Fuentes de Penguin Random House, el mayor grupo editorial de España junto a Planeta, responden que los índices de devolución actuales son los más bajos de los últimos años: «Se ha trabajado mucho en la mejora continua de la cadena de suministro y en hacer que el proceso sea más sostenible y eficaz. Hemos avanzado especialmente en los últimos tres años». A mayor número de publicaciones, mayor variedad para los lectores: «La duración de los grandes lanzamientos en las mesas de novedades depende de los lectores y del criterio de los libreros. Cualquier título puede estar años en la mesa de novedades si sigue encontrando lectores». Los libros, desde que salen de imprenta hasta que son devueltos por los libreros a las editoriales, entre distribuidores y almacenajes, pueden hacer entre seis y ocho viajes. En muchos casos, el empaquetado final que reciben las editoriales es una condena: aunque algunos se redistribuyen en el mercado de saldo, la gran mayoría se destruyen. Pasta de papel para que la rueda siga girando. «Hay que reducir los porcentajes de devolución a la mitad. En Alemania no llegan al 10 por ciento», sostiene el librero Juan Miguel Salvador. «Este ritmo genera un coste muy alto, tanto económico como ambiental, por el impacto de los libros que se fabrican y hay que destruir, y por los viajes de ida y vuelta. Más aún en mitad de una crisis energética». De la imprenta a la destrucción Los libros, desde que salen de imprenta hasta que son devueltos por los libreros a las editoriales, entre distribuidores y almacenajes, pueden hacer entre seis y ocho viajes No todos piensan así. El propio Enrique Redel opina que se publican tantos libros como el mercado permite: «Estamos siempre al borde del límite. Nos autorregulamos constantemente. Si viéramos que el ritmo actual no es rentable, bajaríamos el nivel de producción». Antonio María Ávila, de la FGEE, también cree que el sistema es sostenible porque no está habiendo quiebras masivas: «Las editoriales y las librerías aguantan. En la FGEE está las mismas editoriales que hace 25 años. Claro que el sistema es mejorable, empezando por la logística. ¿Pero por qué hay que producir menos? ¿Esto quién lo decide? Los libros se editan porque se necesitan». A la hora de abordar un debate de este tema, hay que tener en cuenta todas las casuísticas, apunta Ávila. Para empezar, hay que distinguir entre subsectores. El libro de texto, que aporta el 35 por ciento de la facturación, depende de las leyes educativas, y tienen un porcentaje de devolución mucho menor. Igual que los libros científico-técnicos, con tiradas muy reducidas. Más del 30 por ciento de la producción sale fuera de España. Y luego está el mercado de saldo. «Un libro tiene muchísimas vidas. La mayor parte de lo que se edita está pensado para venderse». Hispanoamérica Para el director ejecutivo de la FGEE, una clave para dar solución a las disfunciones que algunos denuncian está en el sistema bibliotecario: «En la medida en que funcione y mejoren los índices de lectura, la cosa irá bien. En Estados Unidos el 80 por ciento de la facturación sale por el sistema bibliotecario. España no llega al 5 por ciento. Hay mucho por crecer. Con la crisis bajaron las compras. Se ha demostrado que la gente va a las bibliotecas a por novedades. Los editores españoles cobran más por el préstamo bibliotecario de libros españoles en Gran Bretaña que en España». El complejo sistema de devolución libre español consiste en que los libreros, cuando devuelven al distribuidor los ejemplares que han sido arrastrados por las novedades, no recibe el dinero que ha pagado por ellos, sino crédito para adquirir nuevos títulos. Así lo explicó Errata Naturae en su comentado manifiesto de 2020: «Igualmente, el editor responsable de esos libros que nadie leerá no debe realizar una transferencia al distribuidor por la cuantía de esa liquidación negativa, sino que adquiere una deuda. ¿Y cómo afronta esa deuda? Publicando nuevos libros cuyos ingresos la compensan, y que, a su vez, reactivan el crédito del librero. Puro juego triangular de la deuda». «La prueba de que el sistema es ágil es que lo han adoptado también en Hispanoamérica» Daniel Fernández Presidente de la FGEE ¿Por qué se ha instalado en España este sistema? «Seguramente sea porque es el modelo que se ha usado con los periódicos y revistas», reflexiona Daniel Fernández , presidente de la FGEE. «Tiene una gran ventaja, y es que permite entrar en la edición sin necesidad de hacer una gran inversión. Se generan facturas que se cobran o no dependiendo de las devoluciones, con lo que el retorno económico es muy lento. Esta es la parte mala. La prueba de que el sistema es ágil es que lo han adoptado también en Hispanoamérica. El único país que tiene pedidos en firme es Argentina». Fernández, también editor de Edhasa y Castalia, ve posible hacer algunas correcciones, ya sean limitar las devoluciones al año natural o apostar por los depósitos (dejar los libros en una librería sin facturarlos). «Pero un intento serio de cambiar el modelo no ha habido. Diría que no hay esa necesidad. Hay críticas, pero nada más. El precio fijo es mucho más importante. En Inglaterra lo eliminaron y el cierre de librerías pequeñas y editoriales fue tremendo. Este sector está muy atomizado y cada cual vela por sí. Con estos bueyes hemos arado durante mucho tiempo y con estos bueyes vamos a seguir arando».. «Corín (capítulo 1)». PESTAÑA relato-corin-2022 Capítulo 1 1 A veces Cora Bruno era capaz de ejercer una cierta imaginación extrasensorial. En el semáforo de Bouchard y Tucumán, sin que mediara ningún estímulo externo o cayera ningún rayo, fue atacada por una de sus famosas corazonadas, e imaginó entonces con pelos y señales a su clienta en el garaje techado de un hotel de Puerto Madero esperando que su esposo bajara con su amante secreta. Era viernes, estaba terminando la hora de la siesta, y Cora le había informado de que el infiel solía despedir a su joven secretaria hasta el lunes con un revolcón amoroso. Después la dejaba en su departamento del centro y él seguía viaje hasta Nordelta, donde lo aguardaba un despreocupado fin de semana de golf, asado y calor familiar. El semáforo cambió de rojo a verde, pero Cora todavía no arrancó, absorta como estaba en esa escena minuciosamente imaginada. Dentro de la cartera Louis Vuitton su clienta llevaría la pistola Bersa calibre 22, plateada y de cachas negras que el marido le había regalado para su cumpleaños y con la que practicaba tiro en un polígono de la zona norte, más por deporte que por miedo a la inseguridad. Era un arma pequeña con gran capacidad de daño interno. «Voy a matarlo a ese hijo de puta, te lo juro», prometía llorando después de haber visto las filmaciones y las fotos, y luego de haber vomitado en el baño el copetín de la tarde. Ése era siempre el punto más delicado de todas las operaciones de seguimiento: la presentación final de los resultados. Un informe que exigía estar muy bien documentado, no sólo porque se utilizaría más tarde en las demandas y en la negociación de bienes, sino principalmente porque uno no ve lo que no quiere ver y porque la resistencia al mero registro escrito era muy alta. En asuntos de amor, la imagen sigue valiendo más que mil palabras, y entonces los infieles deben ser filmados y fotografiados al menos en dos oportunidades, como para aventar una confusión o la idea de que se trata de una canita al aire. Pero cuando el material reunido era contundente, y el cliente lo aceptaba como un hecho consumado e irreversible, sobrevenía en seguida el desmoronamiento, la rabia infinita, las promesas de una revancha. Había que saber entonces contenerlos, y a veces acompañarlos psicológicamente en los días posteriores. O al menos ésas eran las molestias que se tomaba Cora. Sus colegas se reían de ella a sus espaldas: sus protocolos solían terminar con la entrega de la información; lo que hicieran con esos datos aquellos infelices era cosa de ellos. Pero Cora tenía un carácter especial, y de hecho su dedicación le había granjeado mayor clientela. Se corría la voz de que no sólo era eficaz, sino además sensible y solidaria, y buena consejera en cuestiones del corazón y en momentos oscuros. «Voy a matarlo a ese hijo de puta, te lo juro», prometía llorando después de haber visto las filmaciones y las fotos, y luego de haber vomitado en el baño el copetín de la tarde Cora Bruno, como cualquiera, no había nacido sabiendo: al comienzo de su larga carrera, le reveló a un cliente que su mujer se acostaba con un empleado, y el cornudo le tiró literalmente encima un camión y lo mandó a cuidados intensivos. Cora se sintió culpable, veló esa internación y estuvo realmente tranquila sólo cuando el empleado salió con muletas del Hospital Fernández. Desde entonces procuraba, en la medida de lo posible, acercar buenas sugerencias, mantenerse en contacto y vigilar las secuelas del descubrimiento. Y sobre todo, negarse a algunos pedidos estrambóticos. Una vez acompañó a su clienta hasta el picadero clandestino de su esposo para sorprenderlo in fraganti: la paga era tan buena y la necesidad económica tanta, que Cora cedió a la tentación y aceptó el rol de compañera terapéutica. Terminaron todos en la comisaría. La clienta quiso apuñalar al desleal con un cuchillo de cocina, y por poco lo consigue. Cora se hizo un juramento: nunca más, ni por hambre. Había aplicado su metodología particular con la dama de Nordelta, pero la tonta era impulsiva y narcisista, y algo le decía en su fuero interno que también era capaz de cualquier cosa. Quizá se tratara de su teoría del volcán. Había clientes de los dos sexos que, enterados de la infidelidad, encaraban de inmediato al traidor, y otros que aguantaban en silencio y evaluaban la estrategia. Estos últimos eran los más peligrosos, porque llevaban un volcán adentro y estaban siempre a punto de explotar. La señora de Nordelta todavía no le había transmitido a su esposo lo que ahora sabía fehacientemente, seguía masticando todo en las sombras, y era una potencial bomba de tiempo . Cora ya no iba a quedarse en paz con aquel mal pálpito, así que ejecutó dos maniobras a la vez: pisó el acelerador sin escuchar los bocinazos, llegó a Corrientes y dobló a la izquierda, mientras pulsaba el botón de llamada y rogaba que la doliente respondiera. Pero la doliente no respondía, y Cora encaró Alicia Moreau de Justo y anduvo en zigzag por ese tráfico lento, manejando con una sola mano y emitiendo un mensaje urgente («llamame») y volviendo a presionar la tecla. Y volviendo a dejar en whatsapp otra línea rápida («llamame, no sabés lo que pasó»), porque nadie resiste esa clase de cebos e intrigas. Pero la susodicha no contestaba por ninguna vía, y a Cora eso le aceleraba el pulso. Una de dos: estaba en yoga o esperaba en el estacionamiento de aquel hotel nuevo y lujoso que las puertas del ascensor se abrieran. Ese es el problema de algunos tiradores de polígono –pensó–. Se mueren por apretar el gatillo en una situación real. El gatillo calienta. Noticia Relacionada reportaje No El regreso a Ítaca Arturo Pérez-Reverte El escritor y académico, autor de ‘Alatriste’, evoca el regreso de Ulises a Ítaca con una mirada actual Bruno tenía quince años de experiencia en este oficio; había vivido muchas situaciones riesgosas y disparatadas. Y antes se había formado como investigadora en la Policía Aeronáutica persiguiendo ladrones, mulas y narcos, y había pisado algún hormiguero. Para sacarla del medio sus superiores la ascendieron, y la pusieron a realizar tareas de Inteligencia, mayormente sobre los secretos inconfesables de los aspirantes a ingresar en el cuerpo. Esas tareas del Departamento de Personal se le daban tan bien, que ciertos oficiales le soltaban unos pesos para que hiciera algunas extras y espiara eventualmente a una esposa o a un cuñado, o le echara un vistazo a las andanzas y antecedentes del novio de la nena. Dos fenómenos cruzados se produjeron a un mismo tiempo: su carrera se vino en picada y los trabajos exteriores se incrementaron de manera exponencial. El asunto terminó como debía. Pactó una salida decorosa e instaló su oficina sobre el café de su hermana Claudia, gastrónoma y repostera de Palermo Cualunque, y recién separada. Esa antigua casa familiar se consiguió gracias a un remoto crédito hipotecario que en los buenos tiempos habían obtenido y pagado con gran esfuerzo sus padres. Franco era empleado del aeropuerto de Ezeiza, la llevaba de chica a ver los aviones y le insistía con que se estudiara para azafata y diera la vuelta al mundo. El viejo no fumaba ni bebía, ni padecía de sedentarismo. Pero, así y todo, una noche se murió sin previo aviso en su propia cama. La viuda se llamaba Perla, fue una cocinera excelente, tenía ahora 86 años y se había internado voluntariamente en un geriátrico de la calle Honduras. Sus hijas le pagaban en secreto a dos «amigas profesionales» para que la visitaran, la sacaran a pasear y jugaran con ella a la canasta, porque a la vieja le encantaba la baraja, era buenísima con eso y no había compañeros en la residencia que estuvieran a su altura. Las «amigas» fueron introducidas alternativamente por Cora y por Claudia: se las presentaron como parientes políticas o amistades del barrio, como personas simpáticas y desinteresadas, y como adictas irreductibles al naipe, siempre buscando rivales de porte. Al principio Perla pareció sospechar el engaño, pero a lo mejor para no desairar a sus hijas, terminó por aceptarlo como usualmente aceptamos una mentira conveniente. Disfrutaba mucho de esas «amigas» nuevas que le ganaban y que de vez en cuando se dejaban ganar, y que luego discretamente pasaban por la caja para que Claudia las convidara con un té verde y una porción de Selva Negra, y les pagara por los servicios prestados. Bruno se echó a reír y a llorar al chocarse con semejante estupidez, y anduvo rumiando durante tres días cómo castigarlo, revolviendo con la cuchara del odio la lava del volcán Perla había tramitado la sucesión y había donado la casa a sus hijas. Rápidamente, Claudia hizo con aportes de su inminente ex pareja una laboriosa restauración y abrió un salón de té todoterreno pero especializado en dulces. Y Cora tomó la planta alta para establecerse: dormitorio, despacho, vestíbulo y sala para los cursos interactivos y presenciales de detective privado: se ganaba buena plata con esa exótica y muchas veces inútil pedagogía. Las hermanas eran diferentes pero muy unidas, y los dos hijos adolescentes de Claudia se habían convertido en la debilidad de su tía. Que no había sido madre, y que se había casado una sola vez, con un piloto de Aerolíneas Argentinas que obviamente tenía novias en diversos destinos. Durante años, Cora Bruno había pasado por diferentes estados de ánimo frente a esa certeza. Primero intentó aceptar que se trataba de una fatalidad muy extendida y que ella debía mirar para otro lado. Luego intentó encajar la idea de que las vidas de los hombres y de las mujeres se desarrollan en distintos planos y que lo único relevante consistía en el hecho de que al menos en territorio nacional su marido no necesitara a nadie más que a ella. Finalmente, su propio oficio la condujo, en un brusco brote de celos y de curiosidad, a utilizar toda la tecnología disponible y aprendida para investigarlo a fondo y a distancia. Fue entonces cuando descubrió que no tenía múltiples amantes. Era mucho peor que eso: estaba profundamente enamorado de una azafata holandesa que residía en Madrid. Sus mails eran íntimos y ardientes, pero también cursis y románticos; él soñaba con mudarse a España y casarse con ella. Que lo mantenía a raya y a la espera de un gesto concreto. Pero el piloto dilataba la situación, no porque estuviera fingiendo, sino porque temía que Cora colapsara, se tomara un frasco entero de anfetaminas o se cortara incluso las venas. Bruno se echó a reír y a llorar al chocarse con semejante estupidez, y anduvo rumiando durante tres días cómo castigarlo, revolviendo con la cuchara del odio la lava del volcán. Cuando el piloto regresó de su viaje, Cora lo aguardaba en el espigón internacional: él dejó su maleta en el piso para abrazarla y ella le devolvió un beso largo y profundo. Después le acercó los labios al oído y le explicó que había mudado toda su ropa a un Howard Johnson y que ya podía llamar a la holandesa y avisarle que no pensaba suicidarse. Cuando el piloto se tensó, apartó la cabeza y quiso responder, ella le tapó con un mano la boca y le sonrió con la benevolencia de una madre y la melancolía de quien ha perdido algo, y se quedaron así congelados y transidos durante todo un minuto mientras hordas de pasajeros indiferentes pasaban a su lado. Hasta que Cora retiró esa mordaza, sonrió con una pizca de sorna y echó a caminar sin darse vuelta. El piloto tuvo el buen gusto de no perseguirla, de no pretender explicar lo inexplicable y fatal. Y casi sin despecho, pero con el corazón partido, Cora se metió en su coche y anduvo a ciento setenta por la autopista llorando a los gritos, mientras escuchaba a todo volumen las previsibles canciones de Chavela Vargas . (Continuará). «Corín (capítulo 7)». PESTAÑA relato-corin-2022 Capítulo 7 7 Lobo contempló detenidamente las expresiones de Bruno, acostumbrado como estaba a calibrar los efectos de una oferta y el material del que estaba hecho su interlocutor. A Cora se le había enfriado el café y no había tocado el ‘lemon pie’, y eso que no solía resistirse a semejantes manjares. Se sentía en falsa escuadra: fea, pobre y desactualizada, y diseccionada con lupa por un ex amante que la conocía desnuda, y por un tiburón que quería zamparse su negocito de un bocado. Algo de todo eso intuyó el general retiro efectivo, porque extrajo del bolsillo interno del corazón un sobre, se lo dejó junto a los cubiertos y lo palmeó todavía como si fuera una mascota amaestrada, o un regalo precioso. En lo estrictamente monetario, el sobre no engañaba: Cora recién lo abrió en Palermo y se lo entregó a Marisa Grillo, a la que en una lectura rápida le pareció un acuerdo sustancioso. «Nos equilibra todas las cuentas, y nos permite armar un fondo anticíclico», dictaminó la contadora. Fina reaccionó en el mismo sentido: «Podemos acomodarnos a tus horarios y no perder mucho». Claudia fue la más tajante: «Si no agarrás vos, van a buscar a otro, te van a comer la clientela y te vas a querer matar». Cora recordaba las palabras del Turco Zarif en el ascensor transparente, cuando ella bajaba pensativa y él se reía suavemente de sus dilemas existenciales. «Te preguntás cuánto vale la libertad –dedujo el comisario–. Vas a ver que no vale tanto». Ella le lanzó una mirada odiosa, pero reconocía internamente que su conjetura era correcta. ¿Cuánta libertad tendría dentro de una empresa con cultura propia y reglas que no conocía? ¿No significaba un retroceso, después de todo lo que le había costado la independencia? Al despedirse, Guillermo Lobo le había sugerido que se tomara unos días para pensarlo, y para cebar más el anzuelo le había prometido manos libres y ninguna injerencia: «No tenemos expertise, no vamos a molestar». Cora Bruno pasó dos noches de insomnio, y al final resolvió aceptar el primer cheque. Se instaló en un despacho aséptico con ventana a la estación de trenes, y cumplió jornada completa martes y jueves durante dos semanas hasta que recibió la primera consulta. Para entonces, ya era una fuerte fumadora pasiva contemplada con sorna por ese mundo de varones antediluvianos; ya la habían bautizado ‘Corín Tellado’ y a su oficina ya le decían ‘El consultorio sentimental’. El mismísimo Guillermo Lobo acompañó al primer cliente hasta el quinto piso, y la elogió en su presencia. Era alguien muy relevante para Sursegur: decidía si la protección y el traslado de caudales del banco que representaba se hacían con esa firma o con otras del ambiente. Se trataba de un contrato millonario, y el buen señor era recibido como un príncipe, aunque no se daba ínfulas. Todo lo contrario: era un morocho delgado y educadísimo, que vestía de una manera sobria, pero que tenía una mirada vacilante. Lobo los dejó solos y cerró la puerta. Cora abrió su bloc y escribió su nombre y su edad: Gastón Cárdenas, 53 años. Y esperó que movieran las blancas. Las mujeres, en estos prolegómenos, eran mucho más expeditivas y directas. Los caballeros, en cambio, se sentían un poco cohibidos, tocados en su masculinidad, y por lo tanto daban vueltas, abrían y cerraban las manos, y se humedecían los labios porque se les secaba la boca. Cárdenas no fue la excepción. Se sentía fea, pobre y desactualizada, y diseccionada con lupa por un ex amante que la conocía desnuda, y por un tiburón que quería zamparse su negocito de un bocado —Como le decía a Willy, tengo un problema personal y necesitaría un consejo –empezó–. Eso sí, con la mayor reserva. Cora sonrió para adentro: aquel gerente no quería decidir algo tan grave como el seguimiento de su esposa; sólo buscaba a alguien que se lo sugiriera. Y que lo hiciera desde el más puro profesionalismo, para que lo librara a él de haber tomado una decisión tan difícil. —¿Se trata de su mujer? –lo empujó ella, y simuló que tomaba nota–. Cuénteme qué lo trajo hasta acá. —Nada específico –se apresuró, como si quisiera quitarle peso al agravio–. Luisa es una persona extraordinaria. Y no me gusta dudar de ella. Me parece injusto. —Pero percibió ciertos cambios. —Está distinta –asintió, tragando aceite de ricino. Esta vez Bruno apuntó en serio los datos que le transmitía. —¿Cuándo empezó a notarlo? —No sé, hace cuatro o cinco meses, pero puede venir de antes –titubeó–. Este año tuve que hacer muchos viajes por el banco y me doy cuenta de que estuvimos muy desconectados. —¿Tienen hijos? —Una hija de veintisiete, que estudia un posgrado en La Sorbona. —¿A qué se dedica Luisa? —Nos conocimos en la facultad, pero cuando nos casamos y quedó embarazada, ella largó la carrera. Se dedica a la casa, que es enorme. Sé lo que está pensando. —¿En qué estoy pensando, señor Cárdenas? —El síndrome del nido vacío. Bruno guardó silencio, para que el cliente tuviera la necesidad de llenar los puntos suspensivos. Él se removió en su asiento. —Nuestra hija se fue a vivir a París hace seis años, y estos cambios de mi esposa empezaron ahora. —Hábleme de esos comportamientos, con el mayor detalle posible. —En realidad, no hay mucho que contar. –Piensa unos segundos–. Está distante, como enojada. —¿El enojo es un estado permanente, o tiene arranques puntuales? —No, arranques. Sin motivo. Parece… —¿Parece? —Como si me odiara en esos momentos. Pero después se le pasa, y volvemos a la normalidad, si es que la podemos llamar así. No sé. —¿Qué más? —Durante el día no está en casa y a veces no atiende el celular. —¿Qué hay de su ropa? —¿Usted se refiere a si sale bien vestida? –repregunta–. Yo soy un desastre para eso. Pero sí, puede ser que ande mejor vestida. —Señor Cárdenas, usted no viene a este confesionario por tan poca cosa. ¿Qué prendió la luz de alerta? Cárdenas resopló y se palmeó las piernas, como si necesitara darse coraje. —Tres temas –dijo entonces, y tragó saliva–. Empezó a desatender la casa y a llegar tarde a los compromisos. Por lo menos dos veces me dijo que se había reunido con sus amigas del colegio, y me enteré de que era mentira. Y al revisar sus cuentas me sorprendí, porque estuvo haciendo extracciones fuertes durante el último año y medio. —¿Tienen cuentas separadas? —Desde siempre. A la muerte de mi suegra, Luisa heredó una buena suma y tiene bonos e inversiones propias. Nos pareció lógico y sano que eso lo manejara ella y se mantuviera aparte. —¿Las extracciones siguen algún patrón? —Ninguno. Son irregulares, y de montos muy disímiles. —¿Hackeó a su esposa, señor Cárdenas? –le preguntó Cora, observando muy atentamente sus expresiones. Cárdenas cerró los ojos y sacudió afirmativamente la cabeza, derrotado y quizás arrepentido. Pero no pronunció ni una palabra, como si creyera que lo estaban grabando y que no debía admitir ese crimen. —Me imagino que su hacker no se limitó a las áreas financieras, y que avanzó sobre su casilla personal, su whatsapp y sus redes sociales. El gerente tosió como si se hubiera atragantado, y volvió a asentir calladamente. Pero esta vez estaba resignado a exponerse, no le quedaba alternativa: —Luisa detesta las redes, y en su e-mail no había nada raro. —¿Y en su móvil? —Tampoco. —¿Su hacker le activó un localizador? —Sí -se lamentó. —¿Qué encontraron? —Tampoco hay lugares fijos. Fui a posteriori a dos o tres que me señaló, todos por el centro, y no me pareció que tuvieran alguna relación entre sí. —Buscó hoteles. —Sí, qué horror. Pero hay por todos lados, ¿no? A Cora le interesó ese misterio. Lo garabateó junto con un diminuto signo de interrogación. —¿Habló con ella, señor Cárdenas? –preguntó sin levantar la vista. Noticia Relacionada reportaje No Corín (capítulo 6) Jorge Fernández Díaz Cora halló a su clienta armada y con la suficiente desesperación como para asesinar al marido infiel. Negoció con dureza y riesgo para reducirla y la jornada concluyó con los nervios destrozados y un lingotazo —Varias veces –contestó él, pero lo hizo como si estuviera en falta–. Después de alguno de sus berrinches y escándalos. Una noche la llevé a una cena romántica, le pregunté qué le estaba pasando y le dije que la extrañaba. Se puso a llorar, se levantó de la mesa y volvió caminando a casa. No quiso saber nada con que la llevara en el auto. Después me pidió perdón y se fue a dormir. —¿Le habló de las mentiras y de los gastos? —No tuve valor.. «¡Me cago en el padre de los hermanos Lumière!». Si no han visto a Ortega Cano con una bicicleta en la mano y gritando a un reportero de ‘Sálvame’, no han visto la ira en su última manifestación televisiva. Y no es porque los españoles usemos en condiciones normales el tono que otros guardan para la bronca. En voz muy alta: «¿Qué queréis? ¿Que me ponga violento? ¿Qué queréis? ¿Que vaya a la cárcel? ¿Qué queréis? ¿Qué queréis? ¿Qué queréis? ¡Que me dejéis tranquilo! (esto mucho más alto)». Ese sentimiento de indignación y furia es ira. Claro que el ejemplo cinematográfico más recurrente es Michael Douglas en ‘Un día de furia’, con ese hombre que saboteado por todos y hasta por el aire acondicionado de su coche, va pasando del bate de béisbol al cuchillo hasta llegar a las armas de verdad (todo prestado) y acabar con una pistola de agua. Los pecados capitales de rosa Belmonte noticia Si ¡Viva Cristo! ¡Viva el yerno de Marx! noticia Si Comer, comer Steinbeck no condena la ira de Tom Joad. En la novela se lee: «En los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas, las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, […] listas para la vendimia». Henry Fonda, que es Tom Joad en ‘ Las uvas de la ira ‘, de John Ford, regresa de la cárcel por un homicidio y en el periplo que su familia emprende contra el hambre vuelve a matar a un tiparraco violento que protege a los ricos. Es lo único que le queda. Y eso lo ve Steinbeck, el lector y el espectador. La ira de Jack Nicholson en ‘El resplandor’ es otra cosa. Pero la de Sissy Spacek en ‘Carrie’, otra novela de Stephen King, es la mejor vengadora contra los abusones (abusonas) de instituto. Siempre ha sido muy fácil ofender a un español. No sé, nombrándole a la madre. Pero antes no se les llamaba ofendiditos. No te cancelaban, no te maldecían en las redes sociales, te pegaban. Miren en 1948 cuando vino Jorge Negrete y fue a la Estación del Norte toda aquella masa de chifladas (por él). Por la noche, en Villa Rosa, preguntó: «Pero … ¿aquí no hay hombres?». Cuenta Enrique Herreros que Miguel Primo de Rivera y Sáenz de Heredia se le acercó y, alegando hablar en nombre de los españoles, le arreó tal sopapo que lo tiró al suelo. Luis Lucia no pegaba en nombre de los españoles, pero ya sabemos que Fernán Gómez fue un día con él a un bar porque quería pegar a alguien al azar. Lo hizo. El iracundo director fue la inspiración para José María Caffarel en ‘El viaje a ninguna parte’. «¡Me cago en el padre de los hermanos Lumière!» Según Ortega (el otro), no hay pueblo en Europa que posea caudal tan rico de vocablos injuriosos. Quizá Nápoles. Escribió Fernando Díaz-Plaja que con los insultos que tienen que ver con la madre, España no ha llegado nunca al extremo de México, «que en muchos aspectos es España sin Europa». Qué bonito. Pero él no llegó a disfrutar los insultos argentinos a Higuaín por el amistoso previo a Rusia entre España y Argentina en 2018 que acabó 6-1 para la selección española. A Higuaín lo llamaron «cementerio de canelones» o «terrorista de choripanes». Y a Sampaoli, el seleccionador argentino, «tobogán de piojos». La ira puede llegar a la crueldad y a eso que Azorín llamó el canibalismo español. Lo de «es para matarlo» puede ser una frase, pero ahí está la Guerra Civil . Y ningún escritor de crueldades puede superarla. No me digan si no, esa historia de dos que estaban dando un paseo a otro. Los que iban a dar el tiro se quejaban del frío. La víctima también se quejó del frío. «Cabrón, tú no te quejes, que no tienes que volver». Imagino al torero con bicicleta marcándose un «¡Me cago en el padre de los hermanos Vasile!».. http://www.databot-app.com
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